Claudio Visso para MAPA POLÍTICO
La irrupción de las pantallas y las redes sociales transformó de raíz los vínculos políticos. El comunicador e ingeniero de sistemas Sebastian Sassano, le hace una entrevista exclusiva al psicólogo social Nicolás Schamne que analiza la transición del territorio físico a la batalla cognitiva y los desafíos para los espacios tradicionales.

El fin de las matrices tradicionales
El escenario contemporáneo de la subjetividad política se modificó de manera irreversible. Históricamente, los vínculos con lo público se gestaban en el espacio físico y compartido, como las plazas, las aulas, los sindicatos y las unidades básicas. Hoy, el celular y el flujo constante de las plataformas digitales operan como el hábitat cotidiano donde las personas configuran su tiempo libre y sus interacciones.
Esta mutación genera que la información ya no se busque de manera deliberada, sino que intercepte a los ciudadanos en medio de estímulos de entretenimiento y dinámicas de consumo. La política compite de forma directa con la velocidad del scroll y con lógicas de hiperconectividad que priorizan la fragmentación por encima de la grupalidad tradicional.
De la batalla cultural a la disputa cognitiva
Uno de los ejes centrales del análisis reside en la evolución de las formas de dominación y persuasión. Mientras que la tradicional batalla cultural se centró en los valores, los símbolos históricos y la interpretación del pasado, el ecosistema actual introduce la denominada batalla cognitiva.
Esta nueva dimensión no discute únicamente qué pensar sobre un tema determinado, sino cómo se procesa ese estímulo a nivel biológico y emocional. Los algoritmos operan de manera previa al razonamiento lógico, activando sesgos de confirmación, generando indignación en pocos segundos y confinando a los usuarios en burbujas informativas que refuerzan sus propias certezas o rechazos.
El modelo de negocio de las plataformas prioriza la retención de la atención a través del conflicto y la polarización. En consecuencia, la discusión pública se fragmenta en universos paralelos donde resulta complejo construir un diagnóstico compartido de la realidad social.
El desafío generacional y los nuevos formatos
Las nuevas generaciones construyen su dieta informativa casi en su totalidad a través de contenidos audiovisuales breves y de alto impacto estético. Cuando la primera aproximación a problemáticas complejas —como la inflación, la desocupación o la educación pública— ocurre mediante un video de pocos segundos, se produce una contracción del pensamiento crítico debido a la ausencia de multicausalidad y profundidad histórica.
Frente a esta dinámica, los sectores políticos tradicionales enfrentan el riesgo de quedar incomunicados si insisten en interpelar a la ciudadanía mediante documentos extensos o discursos solemnes pensados para auditorios cautivos. El desafío principal radica en traducir la complejidad conceptual a formatos dinámicos sin caer en la banalidad ni perder el contenido político de fondo.
La posición del campo popular ante el ecosistema digital
Durante años, las fuerzas del campo nacional y popular subestimaron la dimensión digital, catalogándola como un espacio superficial o ajeno a la militancia real. Esta inercia contrasta con la adaptación táctica observada en sectores conservadores y derechas disruptivas, que articularon estéticas propias y comunidades descentralizadas en torno al código del humor, la interpelación individual y el conflicto narrativo.
Las redes sociales no funcionan como una cartelera estática donde publicar comunicados formales o placas institucionales con tipografías complejas. La exigencia actual demanda autenticidad, tono humano y un dominio gramatical específico para cada plataforma, ya sea la confrontación textual de X o la narrativa audiovisual de Instagram y TikTok.
Herramientas para la profesionalización y la formación
Para superar la improvisación y los recursos precarios, la estrategia comunicacional debe integrarse como parte constitutiva de la decisión política, evitando su tercerización en gestores aislados. La asignación de recursos requiere priorizar tres ejes fundamentales:
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Alfabetización digital crítica: Formar a la dirigencia y a la base militante para comprender el funcionamiento del ecosistema algorítmico y evitar caer en las trampas de la polarización estéril.
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Equipos profesionales descentralizados: Consolidar grupos de trabajo que combinen sensibilidad política con creatividad técnica y análisis permanente de datos.
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Inversión en infraestructura: Jerarquizar laboratorios de contenidos y herramientas avanzadas de escucha social para disputar el sentido común en igualdad de condiciones.
El rol de la militancia: de la repetición a la construcción de comunidad
La práctica militante también experimenta una reconversión necesaria. El modelo del militante digital reducido a un replicador serial de consignas oficiales o hashtags agota su eficacia porque resulta previsible y ajeno a la ciudadanía.
La alternativa propuesta consiste en transicionar hacia una figura de traductor y constructor de comunidad. Esto implica poner una voz propia para relatar el impacto de las políticas públicas en el entorno inmediato, disputar sentido en los microclimas cotidianos como los grupos de mensajería y producir contenido nativo que desarticule noticias falsas con argumentos sólidos y empatía.
Articulación entre pantalla y territorio
La tensión entre la red y el espacio físico constituye uno de los desafíos organizativos más complejos del presente. Si la presencia digital se reduce a un conjunto de individualidades aisladas, el impacto político se disipa; por el contrario, un esquema verticalista excesivo destruye la espontaneidad creativa.
La resolución de esta dinámica exige una coordinación democrática que otorgue autonomía operativa al militante, permitiéndole adaptar los ejes argumentales a su propia realidad territorial. La pantalla no sustituye a la calle, sino que opera como un puente inicial para agitar conciencias y convocar a la organización comunitaria de carne y hueso, único ámbito donde se cristalizan las transformaciones sociales duraderas.