Estadística preocupante: en el país, los empleados públicos y turísticos esperan un milagro con un fernet en la mano

Ni la mitad confía en la modernización
Estadística preocupante: en el país, los empleados públicos y turísticos esperan un milagro con un fernet en la mano
El 60 por ciento de los laburantes confía en su futuro, pero cuatro de cada diez ven todo más negro que la camiseta de la selección en el 2018.

Un nuevo informe de Randstad apareció como una bocanada de aire fresco para el presidemente Javier Milei que necesita mostrar algo más que conferencias sobre equilibrio fiscal y peleas por redes sociales. Según el relevamiento, el 60 por ciento de los trabajadores argentinos se muestra optimista respecto del futuro de la industria en la que trabaja. Un dato que seguramente será exhibido como si la Casa Rosada hubiera descubierto la fórmula de la felicidad laboral.

Sin embargo, cuando se corre un poco el zoom, la postal pierde algo de brillo. Si seis de cada diez trabajadores son optimistas, significa que cuatro de cada diez no lo son. No parece precisamente una ovación cerrada para una administración que lleva meses prometiendo que el derrame está a la vuelta de la esquina y que la prosperidad llegará casi por gravedad.

Los sectores con mejores expectativas son Energía y Minería, con un llamativo 88 por ciento de optimismo, además de Logística y Transporte y Consumo Masivo, ambos con 73 por ciento, y Agro con 70 por ciento. Casualidades del destino o no, se trata de actividades que el mileísmo suele mencionar como las locomotoras de la Argentina que viene. El problema es que una economía no se sostiene únicamente con los rubros que aparecen en los discursos presidenciales.

Del otro lado aparecen Hotelería y Turismo, Servicios Profesionales, Gobierno y Sector Público y Defensa, sectores donde el entusiasmo es bastante más moderado. Allí la promesa de un futuro brillante parece generar menos aplausos que un aumento de tarifas anunciado un viernes por la noche.

La encuesta también muestra que apenas el 49 por ciento de los trabajadores confía en que su empleador se está adaptando correctamente a las transformaciones de su industria. Es decir, ni siquiera la mitad. Un número difícil de presentar como una demostración contundente de modernización cuando el propio oficialismo repite que la revolución tecnológica ya está en marcha y que quien no se adapta queda afuera del partido.

Algo similar ocurre con la preparación frente a los cambios tecnológicos. Solo el 39 por ciento considera que la industria donde trabaja está mejor preparada que otras para enfrentar la transformación digital. La inteligencia artificial podrá ser la nueva obsesión global, pero para buena parte de los trabajadores argentinos la sensación es que todavía se está discutiendo quién trae la pelota mientras el partido ya empezó.

El estudio además se mete en la relación entre empleados y jefes. El 65 por ciento asegura tener una buena relación con su superior, mientras que el 62 por ciento cree que su jefe vela por sus intereses y el mismo porcentaje confía en él para impulsar su crecimiento profesional. En un país donde la confianza suele durar menos que una promesa de campaña, los números muestran que muchos trabajadores encuentran más respaldo en la oficina que en la dirigencia política.

La CEO de Randstad para Argentina, Chile, México y Uruguay, Andrea Ávila, sostuvo que predominan las percepciones positivas pese a la incertidumbre generada por la digitalización y la inteligencia artificial. Una conclusión razonable, aunque también funciona como recordatorio incómodo para un Gobierno que suele atribuirse cualquier dato favorable pero que rara vez se hace cargo de los indicadores que no encajan en el relato.

El informe deja una enseñanza difícil de ignorar. El optimismo existe, pero no es un cheque en blanco. La confianza laboral que reflejan los números parece construirse más por la capacidad de adaptación de trabajadores y empresas que por los monólogos grandilocuentes de la política. Porque una cosa es creer en el futuro de una industria y otra muy distinta creer que cualquier conferencia presidencial ya cuenta como crecimiento económico.

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