Por Jorge Víctor Ríos, licenciado en Comunicación Social en MAPA POLÍTICO

Durante meses Misiones discutió si la pelea entre el gobernador y el conductor era real. Esta columna sostiene que la pregunta estaba mal formulada, y propone leer el conflicto por sus signos: un cartel de ruta que volvió a su leyenda histórica, un espacio político bautizado cuarenta y ocho horas después, una suspensión fiscal que se cuenta como si fuera un corte, unas renuncias firmadas antes de asumir, y una placa tectónica con epicentro en California que se movió debajo de todo lo anterior. La conclusión es menos tranquilizadora que cualquiera de las dos versiones en disputa, y no se queda en Misiones.
Tierra colorada el 8 de julio, Movimiento por lo que Viene el 10: qué se restituyó en el límite que une la provincia con el resto del país, qué se conservó en el nombre y qué se movió debajo de los dos.
Martes 18 de agosto de 2026. El 8 de julio, viajeros que entraban a Misiones por la ruta Nacional 12 frenaron en la banquina para sacarle una foto a un cartel. En El Arco, límite con Corrientes y una de las puertas de entrada a la provincia, había vuelto la leyenda que durante décadas recibió a quien llegaba, «Bienvenidos a la tierra colorada», en lugar de la que la había reemplazado tres años y medio antes, «Bienvenidos a la primera provincia start up de la Argentina». La orden se atribuyó al ministro de Gobierno. Hubo festejo en las redes, notas de color en los portales y algún editorial sobre la identidad recuperada. Cuarenta y ocho horas más tarde, el 10 de julio, el gobernador Hugo Passalacqua lanzó su propio espacio político. Se llama Movimiento por lo que Viene.
Nadie puso las dos cosas en la misma frase. Vale la pena hacerlo, porque en esas cuarenta y ocho horas está condensado el conflicto que la provincia venía siguiendo desde abril sin poder nombrarlo: en la frontera se restituyó el pasado y en el nombre propio se conservó el futuro, y el mismo sector hizo las dos cosas.
Durante buena parte de 2026 la conversación pública misionera se ocupó de otra tarea, más insólita: averiguar si una pelea era cierta. La ruptura entre Passalacqua y Carlos Rovira, que condujo la provincia durante casi dos décadas sin volver a ocupar la gobernación, se desplegó en actas firmadas, cambios de bloque y notas presentadas ante la propia Legislatura, y aun así una porción considerable de la sociedad siguió sospechando una coreografía. La pregunta «¿es real o es teatro?» funde tres cosas verdaderas y distintas, y separarlas ayuda.
La primera son los hechos, que están fechados y son verificables. El 1 de mayo, en la apertura de sesiones, Rovira escuchó al gobernador sentado a tres hileras de distancia y a la salida no lo acompañó a saludar a la militancia como acostumbraba: lo dejó con el saludo en el aire. El 19 de mayo, sesenta y siete de los setenta y ocho intendentes firmaron en Ruiz de Montoya un acta que reconoce a Passalacqua como máxima autoridad política del Estado provincial y reclama participación directa en el armado de las listas. El 20 de julio hubo desplazamientos en la Agencia Tributaria y en la empresa provincial de energía. El 13 de agosto, cuando la Legislatura volvió a sesionar, diecisiete de los veintiún diputados del viejo bloque oficialista se presentaron bajo el nombre nuevo, presididos por el empresario yerbatero Juan José Szychowski, y Rovira no fue.
La segunda es la sospecha, que tiene su propia razón y no es tonta. Durante años lo decisivo no ocurrió en el recinto sino en las Previas, las reuniones partidarias de los jueves anteriores a cada sesión, donde el conductor anunciaba y los demás tomaban nota. Un cuerpo que delibera después de que la decisión ya está tomada educa a su población en una certeza: lo que se ve es puesta en escena. Quien aprendió eso durante veinte años tiene derecho a desconfiar también de la ruptura, y encontró material para hacerlo. Un periodista nacional transmitió al aire una versión atribuida al propio Rovira, según la cual todo respondería a un acuerdo entre ambos; el conductor desplazado anunció por comunicado que acompañaría el Presupuesto 2027 con los tres diputados que le quedaban de los veintiuno que llegó a tener, gesto que en la Casa de Gobierno se leyó como beso de Judas; y un matrimonio emparenta a los dos protagonistas, porque Viviana Rovira, esposa del Gobernador y militante activa del espacio, es prima hermana de Carlos.
La tercera es la que importa, y es una pregunta sobre nosotros y no sobre ellos: qué clase de régimen deja a sus gobernados sin manera de establecer cuál de las dos versiones es verdadera. Un sistema político que produce esa indecidibilidad ya dijo de sí mismo lo esencial, gane quien gane la interna.
Miremos entonces los signos, que en este caso fueron literales.
Un cartel de ruta no describe un territorio: lo nombra, y al nombrarlo decide qué clase de lugar habrá de ser. «Tierra colorada» invoca el suelo, lo que se hereda sin elegirlo. «Start up» invoca el capital, un léxico que promete un futuro con sede en otra parte. Y restituir la leyenda vieja fue el acto mismo del cambio de poder: alguien recuperó la autoridad para decir qué es Misiones y lo demostró diciéndolo, sin comunicado ni conferencia. Que un cartel es apenas un cartel, dirá alguien, y tendría razón si El Arco hubiera sido lo único que cambió de nombre ese mes.
Hay además un detalle en la atribución del cartel viejo que amerita detenerse. Cuando se instaló, la prensa lo trató como un pilar de la gestión, y hubo quien lo adjudicó al propio Carlos Rovira, a la administración de Oscar Herrera Ahuad y hasta a un comando familiar que opera desde el microcentro posadeño. Recién después de la ruptura la iniciativa empezó a atribuirse a Ramiro Rovira, el hijo. La autoría confiesa sola: se mudó de padre a hijo exactamente cuando el padre cayó, y una paternidad que se reasigna según el estado de la interna dice más sobre cómo se fabrican los hechos en la provincia que sobre quién firmó el expediente.
Ahí aparece lo que la crónica de rosca dejó pasar. El futurismo tecnológico funcionó, además de programa de desarrollo, como la forma presentable de un problema sucesorio. Al hijo del conductor, de treinta años, se lo rodeó de dirigentes jóvenes sin trayectoria previa, entre ellos un vicegobernador hoy de treinta y cuatro; la operación tuvo nombre propio, NEO; y ese nombre llegó a la boleta, porque en las nacionales de octubre de 2025 el oficialismo provincial se presentó como Renovador de la Concordia NEO y quedó segundo en su propio distrito, detrás de La Libertad Avanza. Pero el argumento del apellido no hay que apurarlo, porque cuando la sucesión se volvió concreta, en mayo de este año, los nombres que el conductor alineó para 2027 fueron cuatro y ninguno era el hijo: el vicegobernador, el presidente de la Legislatura, un diputado nacional y el intendente de Posadas. Ese movimiento, y no un cambio de cartel, fue el que rompió el cálculo de los diputados. Lo que el aparato terminó rechazando es más ancho que una herencia de sangre: que el porvenir siguiera administrándose como patrimonio de un solo despacho, con apellido o sin él.
Start-up Nation
La provincia start up, hay que decirlo, nunca disputó mercado. Disputó relato, y el relato tenía biblioteca. La fórmula del arco calca un título: Start-up Nation, el libro de 2009 que convirtió a Israel en el modelo exportable de un ecosistema tecnológico incubado desde el Estado —el ejército, los fondos públicos, los institutos—, y que la política argentina leyó como manual; la Ciudad de Buenos Aires lo tomó como referencia declarada para su programa emprendedor. Misiones no llegó a esa lectura de oído: en 2020, dos años antes del cartel, Silicon Misiones ya había firmado con la Cámara de Comercio Argentino-Israelí un acuerdo para llevar «desarrollos de avanzada» a las chacras misioneras. La mirada era atenta y la elección, precisa: de las dos genealogías que el significante ofrecía, el rovirismo tomó la israelí, la única compatible con un aparato que pretendía ser a la vez incubadora y dueño. Estado y startup como socios, tecnología para la chacra.
El problema fue que la otra genealogía ganó la disputa por el significante en su domicilio de origen. La doctrina del valle de California, que Barbrook y Cameron describieron ya en 1995 como ideología californiana —la fusión improbable del hippie y el broker—, se mantuvo ambigua durante dos décadas, lo bastante como para que cualquier gobierno del mundo pudiera vestirse con ella. Cuando el arco estrenó su leyenda, esa ambigüedad se estaba resolviendo hacia la neo-derecha: Elon Musk acababa de comprar la plaza pública global, el ahora vecino del porteño Barrio Parque, Peter Thiel, había financiado la campaña del senador que llegó a la vicepresidencia de Estados Unidos, y Marc Andreessen publicó en 2023 un manifiesto tecno-optimista cuya lista de enemigos encabezan el Estado regulador y la desaceleración. El léxico que Misiones usaba en su acepción israelí —Estado y startup como socios— se volvía, en la acepción que ganaba, programa contra el Estado: el gobierno (y de paso, la democracia entera) como software viejo a reescribir.
De esa placa tectónica las nuevas derechas del mundo son el temblor en superficie, y Milei no es un imitador periférico sino la manifestación local que el propio ecosistema adoptó como caso testigo: la motosierra viajó de Buenos Aires a Washington en febrero de 2025, regalo de Milei a Musk sobre el escenario de la CPAC, ante el aplauso de la derecha tech reunida. Cuando esa fuerza llegó a Misiones venía, respecto de la provincia start up, como el dueño nuevo del significante frente a quien lo usaba en la acepción vieja: mismo relato, sin la obligación de heredar a nadie ni de pasar por el Estado provincial. En junio de 2025 debutó segunda, a menos de siete puntos del oficialismo; en octubre lo dio vuelta y se llevó dos de las tres bancas nacionales en juego. Y el 8 de julio de este año, el mismo día en que los portales mostraban la tierra colorada de vuelta en el arco, publicaban también la síntesis del diputado libertario Diego Hartfield tras la visita de Karina Milei a Posadas: «ese modelo venimos a traer a Misiones». El día que la copia bajó su cartel, el dueño nuevo anunciaba mudanza.
La secuencia de junio y julio muestra, además, que la distinción entre las dos genealogías no es un juego de biblioteca. El 19 de junio, tres semanas antes de que cambiara el arco, Passalacqua recibió a la viceembajadora de Israel y a la Cámara de Comercio Argentino-Israelí; la delegación recorrió Silicon Misiones y el gobernador habló de tecnología aplicada al agro para adaptarla a la provincia. Lo que se bajó en julio fue el nombre que el rival había capturado; el socio de la acepción vieja, la del Estado y la chacra, sigue viniendo a Posadas.
Nadie en Palo Alto votó en Eldorado, dirá alguien, y tendrá razón: las placas no deciden, se mueven, y mudar el demiurgo de Posadas a California sería repetir a escala planetaria la mitología que esta columna viene desarmando a escala provincial. La cadena es más impersonal y por eso más firme. El rovirismo no importó el sustantivo a ciegas: eligió con cuidado la acepción que le convenía y apostó a que el significante se quedara quieto. Los significantes no se quedan quietos: viajan con equipaje y cambian de dueño en tránsito, y el equipaje del dueño nuevo era exactamente la cadena que después encarnó la boleta violeta, el mérito solitario, la sospecha del Estado, el porvenir sin mediación. Cuando ese equipaje llegó a destino, el aparato que había pintado el sustantivo en su frontera quedó del lado equivocado de su propio cartel: un dispositivo estatal-territorial hablando un idioma que en su versión dominante ya significaba desarmar dispositivos estatales-territoriales. La derrota de octubre fue eso volviéndose aritmética. Y si la pérdida de poder de Rovira es real —las renuncias bloqueadas, las cajas movidas y el recinto sin Previas dicen que al menos su forma lo es—, entonces la caída del cartel tiene dos causas de escala distinta que no compiten entre sí: la próxima está en el expediente, una orden del ministro de Gobierno en el marco de una interna; la remota tiene domicilio en el valle que el propio cartel invocaba. El futuro con sede en otra parte terminó llegando desde esa otra parte. Nombrar la tierra no es lo mismo que devolverla, y prometer el futuro no es lo mismo que compartirlo: los dos carteles de julio dicen esa diferencia mejor que cualquier encuesta.
Nada de esto se juega solamente en el terreno de los nombres, aunque acá hay que ser preciso porque la prensa no lo fue. El 1ro de mayo Passalacqua no anunció el fin del control fiscal en ruta. Anunció la suspensión del pago a cuenta en el control fiscal en ruta, la vulgarmente llamada aduana paralela: vigente desde el 1ro de julio, por doce meses en primera instancia, con el noventa y cinco por ciento del padrón excluido, unas ochocientas setenta grandes empresas todavía adentro bajo un esquema digital y mensual, y los puestos en pie para verificación de documentación. En el mismo discurso hubo críticas a la política yerbatera nacional y la frase que el rovirismo acuñó en 2003, «el poder está en la gente», devuelta ahora contra su autor. La caja no se desarmó; se puso en suspenso revisable y cambió de administrador.
Eso vuelve más interesante, y no menos, la frase de cuatro palabras que empezó a circular por entonces y que quienes la repiten en público se niegan a explicar: «se cortó la aduana». La desproporción entre la frase y la medida es el dato. El anuncio suspendió un anticipo por doce meses y dejó los puestos donde estaban; tiene fecha, sesión y registro taquigráfico. La frase habla de un corte, en presente y sin sujeto, y no tiene ninguna de las tres cosas. Entre la medida y la metáfora queda un espacio que ningún medio de la provincia ocupó.
Si el conflicto empezó el día en que se anunció esa suspensión, ¿de qué se estaba hablando cuando se hablaba de conducción política?
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Hay un segundo objeto que describe al régimen con más economía que cualquier análisis. Cuando la ruptura ya era pública, legisladores denunciaron que el conductor conservaba las renuncias en blanco que les había hecho firmar antes de asumir sus bancas, y dejó trascender que podría usarlas. El mecanismo tenía una elegancia perversa y conviene entenderlo antes de indignarse: ningún diputado ganaba nada desertando solo, porque la deserción le costaba la banca sin alterar la mayoría del bloque, de modo que el costo de irse era total y el beneficio, cero. Una firma vaciada por anticipado, el consentimiento entregado antes de que exista aquello que habría que consentir, y un cálculo que solo podía romperse si todos se movían el mismo día. Preguntate qué tuvo que pasar para que diecisiete personas se movieran el mismo día, y vas a tener una idea más ajustada del tamaño del quiebre que la que dan los comunicados.
Queda la pregunta que ordena lo demás: si esto fue un cambio de régimen o la captura del mismo aparato por otro sector. Hay evidencia para las dos lecturas y no hay que apurarla. Del lado de la captura: las mismas cajas cambiaron de mano en julio; el reclamo central de los intendentes fue representación en las listas, un pedido distributivo antes que programático; el bloque nuevo hereda la misma Legislatura y buena parte de los mismos nombres, apenas reordenados; y el control fiscal en ruta sigue existiendo, suspendido en su tramo menor y revisable dentro de un año. Del lado del cambio: volvió el nombre telúrico al arco, se suspendieron las Previas, y a comienzos de agosto los senadores misioneros, que venían acompañando la agenda del gobierno nacional, anunciaron su rechazo al capítulo que flexibilizaba la compra de tierras por extranjeros, en una provincia donde el 11,3 por ciento del territorio ya está en manos extranjeras y una sola forestal chilena controla casi ocho de cada diez de esas hectáreas. El capítulo se retiró por falta de votos, aunque la caída fue obra de una coalición federal más ancha —Tucumán, Neuquén, Salta, radicales sueltos, una movilización que llenó la calle— y no de una gesta misionera.
Las dos series son ciertas al mismo tiempo, y por eso hay que volver a las cuarenta y ocho horas de julio, que ninguna de las dos contempla. NEO, start up, Silicon eran marcas: registrables, atribuibles, heredables, y por eso mismo impugnables. Movimiento por lo que Viene no se le atribuye a nadie. El nombre confiesa solo: la promesa quedó intacta y perdió al destinatario. El futurismo no fue derrotado en Misiones, fue expropiado y despojado de apellido, que es una operación distinta y bastante más eficaz.
Que esto es un recambio de élites como cualquier otro, dirá alguien, y hay una prueba para distinguirlo. Cuando en 2023 se instaló el cartel de la provincia start up se juntaron firmas para que volviera la leyenda vieja —la campaña más visible, lanzada por un exintendente del propio espacio, superó las ocho mil adhesiones en menos de una semana— y no pasó nada durante tres años. La demanda se concedió recién en julio de este año, cuarenta y ocho horas antes de que el mismo sector bautizara su espacio con una promesa de futuro. Un recambio de élites cambia quién manda y deja el resto donde estaba. Acá una demanda de abajo se satisfizo en su forma simbólica exactamente en el momento en que satisfacerla servía para legitimar el reacomodamiento de arriba, que es un mecanismo distinto y tiene un siglo de literatura encima. Quien quiera leer en la ruptura una gesta refundacional va a tener que explicar por qué la primera decisión del espacio refundado fue prometer, otra vez, lo que viene.
Y la jugada excede a la provincia, que es donde esta historia empieza a hablarle al país. El gobernador del que el peronismo discute si será o no el candidato de 2027 bautizó su propia emancipación con la misma gramática: Movimiento Derecho al Futuro se llama el espacio con que Axel Kicillof se despegó de la conductora que lo hizo gobernador, fundado un año antes de que el poder de ella entrara en eclipse, exactamente como el de Passalacqua se lanzó con las renuncias en blanco todavía en el cajón de Rovira. Dos delfines, dos rupturas con el dedo que los ungió, dos movimientos nombrados con el porvenir, y la razón es gramatical antes que ideológica: el que rompe con su jefe no puede reclamar el pasado, que quedó del otro lado, ni el presente, que todavía comparten; le queda un solo tiempo verbal, y ahí se muda. Sus estructuras y sus conflictos difieren en casi todo —un aparato subnacional en crisis, una coalición nacional en reconstrucción—; lo que se repite es la salida ante un problema común: cuando se rompe una relación de sucesión, el futuro queda como el único territorio que todavía puede reclamarse propio. Hasta la expansión federal del espacio bonaerense habla ese idioma: «Entre Ríos tiene futuro. Axel es la esperanza», dice la consigna de su desembarco en el litoral. Las diferencias entre los dos nombres también dicen lo suyo: derecho al futuro juridiza la promesa, porque un derecho exige un garante y un garante es un Estado; lo que viene renuncia hasta a prometer y se limita apenas a señalar. Y en la punta de la serie está el Presidente, que gobierna el presente más áspero en nombre de una potencia prometida a treinta y cinco años. La política argentina entera se mudó al futuro; lo que se disputa es el apellido del inquilino.
Lo cual devuelve el asunto a su principio y no al mismo lugar. Los signos que organizaron la vida pública misionera durante veinte años se produjeron siempre en el mismo sitio y llegaron siempre en la misma dirección: el nombre de la provincia, el nombre del partido, el nombre del bloque, el nombre del futuro. Ninguno se discutió. Todos se anunciaron, incluido el que ahora promete lo que viene. Si viviste estas dos décadas en Misiones, hacé la prueba: nombrá un solo signo público de la provincia que hayas ayudado a elegir. Y si leés desde otra provincia, antes de sonreír, repetí el ejercicio con la tuya.
Y sin embargo hay una serie que no cambió de nombre en veinte años y que no aparece en ninguna boleta ni en ningún arco de ingreso. El productor yerbatero que cobra por debajo del costo desde que se desactivó el INYM; el chacarero que compite por su campo con una forestal cuyas decisiones se toman en Santiago; el intendente que pide voz y voto y se vuelve con un acta. No son subalternos, son subalternizados: hubo una operación, hay quien la hizo y hay cuándo.
Esa serie es también la que audita todo lo anterior —los carteles, los bautismos, las genealogías—, porque da el único criterio verificable que tenemos: tres números con fecha. El primero es el precio del kilo de hoja verde en la próxima zafra medido contra el costo de producción, que va a decir si la crisis yerbatera entró de verdad en la agenda del espacio nuevo o si el reclamo se agota en los discursos de apertura. El segundo es el porcentaje de territorio en manos extranjeras, hoy en 11,3 con el tope legal en 15, que va a decir si el rechazo de agosto en el Senado fue una posición o una coyuntura favorable. El tercero es la lista de 2027: cuántos de los sesenta y siete intendentes que firmaron en Ruiz de Montoya pidiendo voz y voto la van a tener, o si vuelven a casa con otra acta. Si dentro de un año esos tres números están donde están hoy, lo que hubo fue un cambio de administrador y no va a hacer falta discutirlo.
Porque los dos carteles de julio siguen ahí, todavía frescos en la memoria, a cuarenta y ocho horas de distancia. Uno mira hacia atrás, a la tierra que se hereda sin elegirla. El otro mira hacia adelante, a un porvenir que todavía no dice de quién es. Resta saber cuándo serán puestos a mirarse frente a frente y a instancia de quién. O de quiénes.
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