Más que una guardería: la escuela resguarda y administra la infancia

Por: Gabriela Patricia Mejía Zellner, Estudiante del Doctorado en Política de los procesos Socio Educativos, UPN Ajusco. Roberto González Villarreal, Profesor investigador, UPN Ajusco.
Más que una guardería: la escuela resguarda y administra la infancia

“La escuela no es un lugar de resguardo”, fueron las palabras del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, después de verse forzado a restituir el calendario escolar tras anunciar un recorte por causas tan diversas como el calor extremo e incluso el Mundial de Futbol.

Junto a ello aparecieron en redes sociales otras afirmaciones: que la escuela no era una guardería y que quienes tenían hijas e hijos debían hacerse cargo de ellos si las clases terminaban antes de lo previsto.

Del otro lado surgieron voces y reclamos de madres y padres trabajadores que denunciaban que, ante estos cambios, sus jornadas laborales, sus ingresos y el cuidado de niñas y niños se verían comprometidos, cualquiera que fuera la prioridad elegida.

Parece que la presión llevó finalmente a mantener el calendario escolar original, aunque no sin antes emitir declaraciones donde se insistía en que la escuela no debía funcionar como resguardo frente a los horarios explotadores del capital.

Lo relevante aquí no son únicamente los contenidos educativos, sino el espacio escolar como lugar de cuidado y resguardo. Vale la pena preguntarnos entonces por qué la palabra “guardería” aparece investida de desprecio hacia madres y padres que, además de buscar educación para sus hijas e hijos, dependen también del tiempo escolar para sostener sus jornadas laborales.

¿Qué esconde esta crítica? Difícilmente parece tratarse de un rechazo general a las instituciones dedicadas al cuidado infantil. Más bien, el término aparece cargado de una acusación: la de utilizar la escuela para algo que supuestamente no le corresponde. Y junto a ello emerge también una disputa sobre los límites entre Estado y familia, sobre aquello que corresponde a cada uno, así como cierto desprecio hacia quienes no cuentan con múltiples opciones de cuidado para sus hijas e hijos.

Sin embargo, esto no se trata de si estamos o no de acuerdo con cuál debería ser el rol de la escuela, sus límites o sus objetivos, ni tampoco de resolver las tensiones entre familia, trabajo y cuidado. Mucho menos de discutir si en la escuela se transmite algo más que conocimiento científico. Ese debate lleva décadas abierto: educación moral, educación sexual, formación ciudadana y valores continúan siendo temas profundamente disputados y probablemente lo seguirán siendo.

Pero quizá el problema no sea si la escuela debería o no cumplir funciones de cuidado. Tal vez habría que preguntarnos primero por qué seguimos actuando como si históricamente no hubiera sido construida también para ello.

La escuela obligatoria, gratuita y masificada no ha existido siempre tal como la conocemos hoy. Ello no significa que la educación no haya sido importante, sino que la escuela moderna introdujo formas específicas de organización de la infancia, del tiempo y de la vida cotidiana. Nunca fue pensada únicamente como un espacio de transmisión de conocimientos. También fue concebida como un lugar de formación moral, vigilancia, disciplina y regulación de la infancia para la construcción de la futura ciudadanía.

Incluso la propia formación ciudadana desde el espacio escolar se ha concebido mediante una división entre los espacios de la infancia y los del mundo adulto. Una separación que históricamente se ha entendido como necesaria para alejar a niñas y niños de los peligros asociados a ese mundo adulto: “crecer en la calle”, exponerse a los vicios, al trabajo infantil, a la explotación o al abuso sexual.

Desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX, distintos discursos pedagógicos, higienistas, morales y políticos insistieron en la necesidad de mantener a niñas y niños dentro del espacio escolar. La calle, ciertos espacios familiares y determinadas formas de vida popular fueron construidas como lugares de peligro, contaminación, abandono o descomposición moral. Frente a ello, la escuela apareció como el espacio racional capaz de resguardar, disciplinar y formar a las futuras ciudadanas y ciudadanos, apartando a niñas y niños de aquellos peligros mediante la vigilancia institucional.

No es casual que los espacios considerados adecuados para la infancia sean generalmente el hogar y la escuela. Cualquier otro suele ser entendido como un riesgo para su desarrollo, y cualquier niña o niño que habite la calle aparece bajo sospecha de sufrir violencias o de ver condenado su futuro si no se interviene rápidamente sobre su formación.

Esta asociación no es nueva ni original. Basta revisar las recomendaciones nacionales e internacionales sobre atención a la infancia para encontrar múltiples políticas orientadas a extender la permanencia escolar, particularmente en zonas precarizadas o para familias que no cuentan con ingresos suficientes para pagar cuidados fuera de la escuela.

La ampliación de jornadas escolares, los horarios extendidos y distintos programas de permanencia infantil han sido impulsados bajo la idea de facilitar el cuidado de niñas y niños cuyos padres y madres trabajan jornadas completas o sostienen la crianza en solitario. De ahí que numerosas escuelas prioricen estos horarios para familias trabajadoras o con menores redes de apoyo.

Resulta significativo que, frente a las tensiones entre trabajo y cuidado, gran parte de las respuestas institucionales hayan consistido en ampliar los tiempos escolares antes que en reducir las jornadas laborales o transformar las condiciones de trabajo para hacerlas compatibles con una crianza más amable. Un problema que no es nuevo y ya ha sido señalado, pero que no se resuelve negando las funciones de la escuela.

Para agudizar el debate, habría que preguntarse: si la escuela no cumple tareas de cuidado o resguardo, ¿por qué coexisten en ella múltiples programas destinados al seguimiento y cuidado del desarrollo infantil en distintos ámbitos de la vida de niñas y niños?

Ejemplo de ello son los programas de alimentación escolar, desayunos y comedores; los programas de salud que dan seguimiento a la vacunación, a la higiene infantil, al estado físico y emocional de estudiantes, así como aquellos mecanismos orientados a detectar y reportar situaciones de maltrato o violencia.

Es decir, en la escuela no solo se imparten matemáticas, historia o literatura. También se regula, vigila y administra la experiencia infantil. Se diseñan estrategias para el “sano desarrollo” de niñas y niños, se adecuan políticas y tiempos escolares para ampliar los periodos de permanencia y cuidado, incluso cuando aquello que ocurre durante esas horas adicionales no se relaciona directamente con contenidos científicos o académicos.

Negar entonces que la escuela cumple funciones de cuidado y resguardo no solo resulta históricamente impreciso, es pedagógicamente falso.

La expansión de la escuela moderna no respondió únicamente a la alfabetización. Surgió también para intervenir sobre la infancia, regular tiempos, cuerpos y conductas. Negar esa dimensión invisibiliza la enorme cantidad de tareas sociales, morales y de vigilancia que históricamente se le han depositado a la institución escolar moderna.

Esto no implica que las y los docentes deban fungir como niñeras de sus estudiantes, pues muchas de estas funciones exceden ampliamente sus responsabilidades y las condiciones materiales en las que realizan su trabajo. Lo que sí habría que reconocer es que el aparato escolar moderno se ha edificado históricamente como un espacio de resguardo infantil.

Utilizar la palabra “guardería” de manera despectiva, como si se tratara únicamente de un lugar donde se deja a niñas y niños mientras madres y padres trabajan, no elimina el hecho de que históricamente la escuela ha absorbido funciones de cuidado, vigilancia y administración de la infancia.

En ese sentido, afirmar que la escuela “no es guardería” funciona políticamente como una forma de deslindarse del problema social del cuidado infantil, pese a que la institución escolar moderna se consolidó no solo como espacio de transmisión de conocimientos, sino también como un dispositivo de formación de sujetos y ciudadanía mediante la intervención sobre la vida infantil, sus tiempos y sus espacios.

Por ello, resulta contradictorio afirmar que la escuela no es un espacio de resguardo mientras simultáneamente se le exige detectar abuso, prevenir violencia, cuidar la salud mental, alimentar estudiantes, dar seguimiento a su desarrollo y mantenerles alejados de los espacios y actividades que se consideran de riesgo.

La indignación de madres y padres frente al cambio de calendario no aparece de la nada. Responde a la forma histórica en que la escuela fue integrada a la organización social del cuidado.

Quizá el problema no sea que la escuela funcione parcialmente como un espacio de cuidado y resguardo, sino que dicha función exista sin ser plenamente reconocida como trabajo de cuidado.

Porque negar la dimensión de resguardo de la escuela no elimina esa función histórica; únicamente la vuelve invisible.

La discusión entonces no debería centrarse en si la escuela cuida o no. La pregunta más incómoda es otra: ¿por qué seguimos fingiendo que no lo hace?

Fotografía: Miss Judy. Facebook

0 Interacciones
Conversación en Vivo
Comunidad Segura
Opiniones de la Comunidad

¿Nadie ha roto el hielo todavía?

Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un mensaje.

Empezar conversación ahora