Un soldado israelí destruye una estatua de Jesús crucificado

Un soldado israelí destruye una estatua de Jesús crucificado

18 de abril de 2026. Un soldado israelí, mazo en mano, golpea el rostro de una estatua de Cristo crucificado. Ocurrió en Debel, aldea cristiana del sur de Líbano, donde las tropas israelíes permanecen desplegadas pese al alto el fuego. La estatua yacía en el suelo, derribada de su cruz. El soldado la remató a martillazos.

La pregunta que nadie quiere hacer es incómoda: ¿por qué la hostilidad contra los cristianos parece más profunda que la que muestran hacia el Islam? Con los musulmanes hay un pretexto —falso, pero un pretexto al fin—: la resistencia palestina, Hezbolá, Irán. ¿Pero contra los cristianos del Líbano? ¿Contra las iglesias de Gaza? ¿Cuál es la justificación para golpear el rostro de Cristo?

La hipocresía del imperio es monumental. Israel prohibió el acceso a la Iglesia del Santo Sepulcro durante el Domingo de Ramos y la Pascua, por primera vez en siglos. Bloquearon al patriarca latino. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, pidió a Dios que «rompa los dientes» de los enemigos. Netanyahu invocó a los amalecitas, a quienes Dios ordenó destruir «hombres, mujeres, niños e infantes». No es un discurso de seguridad. Es una guerra ideológica con ropajes religiosos.

Cuando te digan que esta guerra no tiene un matiz religioso, muéstrales la foto del soldado israelí destruyendo a martillazos el rostro de Cristo. Pregúntales: si no es una guerra santa, ¿por qué golpean la cara de Cristo?

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